Los tatuajes de mi padre como un mapa de su vida.
Una mariposa colorinche, una esclava seudo-celta, una espiral gigante: los tatuajes del padre de Nell Frizzell son un entintado registro histórico de los viajes de su vida a través de continentes, relaciones, familias, matrimonios y muertes
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| Nell y Bill, su padre |
A los 21 años, mi padre era tatuado en el tobillo por un viejo con una aguja sucia conectada a una batería de auto en la isla de Goa. A los 21, yo preguntaba a la casera del puesto de guatitas en el mercado de Leeds por el lugar más barato para comprar manteles.
Hay algunas diferencias superficiales entre nosotros, entre mi padre y yo. Solo cosas superficiales, ninguna cuestión de piel. Mientras mi cuerpo, rosado y pecoso, está en blanco y sin ninguna imagen, el de mi padre es un entintadísimo documento histórico. Es un archivo viviente, elástico. Puedo usar el mapa de los tatuajes de mi padre para navegar por continentes, relaciones, familias, viajes, matrimonios y muertes.
A propósito de viajes, después de 28 años en Blighty, he decidido, finalmente, renovar mi pasaporte neozelandés. Regreso a La Tierra de la Gran Nube Blanca para ver el país que mi padre dejó, para siempre, hace más de treinta años. Pero antes de partir, me embarqué en otro viaje, uno más emocional, un viaje alrededor de mi padre. Usando los puntos de su piel inyectada en tinta quería conocerlo nuevamente, unir los puntos de la historia de su vida para descubrir por qué había dejado ese hogar al que ahora yo regreso.
Mi padre se hizo su primer tatuaje, una mariposa, en Melbourne, después de varios meses de sudar la gota gorda construyendo vía férreas en las afueras de la ciudad. El hecho de que mi padre ayudara a construir las vías férreas forjó en mi la impresión de que él era más como uno de esos industriales victorianos de mirada salvaje, que un obrero de la construcción con piercings.
Después de ahorrar suficiente dinero en Nueva Zelanda, mi padre partió a Melbourne: “Me registré en un hotel y en un día compré mi primera moto y me hice mi primer tatuaje". La Honda 750 era para “recorrer Australia y detenerme solo cuando yo quisiera”. El tatuaje lo escogió en el momento, en la tienda, después de que lo convenciera un extraño con el que charló en un bar de la carretera. “Recuerdo vagamente estar pasando las páginas del libro. No quería nada con palabras o símbolos. Quería algo clásico”. La mariposa, su único tatuaje en colores, es también mi favorito. Sus líneas tenues, ligeras, reflejan la suavidad y flacidez de un brazo que alguna vez me sostuvo firmemente en piscinas de fondo rocoso y me subió a los árboles. El tiempo ha borroneado la mariposa de aquel hombro que solía ser amplio y ahora parece casi esfumarse a la vista.
Fue poco después de ese viaje que el cáncer de mi abuela neozelandesa se incrustó en sus huesos volviéndose terminal. Mi padre, un mamón de talla mundial, decidió volver a casa para sorprenderla, pero también para despedirse. “Yo sabía que ella no me quería deambulando por ahí hasta que muriera, ella quería que continuara con mis pequeñas aventuras” dice él. “Así que la sorprendí. Ella pensaba que yo seguía en Australia y entré por la puerta trasera, en su cumpleaños. Estuvimos juntos una semana, quizás tres días, luego me fui”
Durante esa visita breve y dolorosa, él mantuvo sus mangas abajo e incluso cubrió las fotos que tenía en su álbum y que mostraban el tatuaje: “Pensé que era mejor no molestarla. A ella no le habría gustado. Recuerdo que se puso histérica cuando me perforé la oreja, en la escuela. Fui a casa porque sabía que era la última vez que la vería, así que no quería peleas”
Así mi padre se alejó de esa casa, tal como se alejó de la casa de mi infancia y de mi madre veinte años después, sabiendo que jamás volvería a ver a sus ocupantes. Él se despidió de su madre para siempre, para perseguir al nuevo amor de su vida: los viajes.
Construyendo casetas telefónicas para una fábrica de Sydney, mi padre ganó dinero suficiente para seguir la senda hippie. Partió a Bali y desde allí abordó un tren a través de Indonesia, tomó un bote desde Yakarta a Singapur, y luego viajó en buses, trenes y a dedo por toda Tailandia. Se fue a Katmandú, conoció a otro hippie loco y manejó una van todo el camino a través de India hasta la isla de Goa. Lo que nos lleva a su segundo tatuaje.
Como muchos otros trotamundos, mi padre pasó su tiempo en Goa a cargo de una hamburguesería. Sé lo que están pensando, ¿a quién se le ocurre instalar una hamburguesería en un país hinduista? Presumiblemente al mismo tipo de persona que se hace tatuar en el tobillo por un extraño, en medio de un mercado mugriento, con una aguja conectada a la batería de un auto y sin entender una palabra de su lengua. “Yo era un hippie en la ruta de los hippies en Goa, la tierra de la chifladura”, explica. “Esto fue antes del sida. Ni siquiera se pensaba en ello. El tipo tenía un libro, yo escogí esta cosa parecida a un sol, con otro dibujo en el medio. Ahora solo parece un sello postal en mi tobillo. Tú podías verlo porque yo iba por todos lados descalzo". El aún camina sin zapatos. Y el tatuaje luce como un timbre en un pasaporte. Pero de la experiencia de la hamburguesería mi padre aprendió a cortar y picar verduras – no empujando desde arriba, sino rebanándolas en ángulo – la que es probablemente la más útil, y quizás la única, destreza doméstica que me ha enseñado en la vida. Eso y como quitar ampollas de los pies utilizando una aguja.
Hay un lapso de veinte años hasta su próximo tatuaje: durante ese período él conoció a mi madre, me tuvieron, se mudaron a Oxford, se empleó como encuestador, fue despedido, luego manejó taxis, y finalmente llegó a ser un constructor que anda, descalzo, en bicicleta.
Después de 25 años lejos de su tierra natal, mi padre finalmente emprendió un viaje de regreso a Nueva Zelanda. Conmigo, mi madre y hermana a la cola, él paró en el camino Posonby a Auckland para que mi primo Otis le tatuara una esclava seudo celta en el brazo. Yo miré todo el proceso y aún recuero la mueca de molestia que tenía mientras la aguja penetraba en la piel suave y sin marcar junto a su axila.
Mis padres eran increíblemente incompatibles. De una incompatibilidad quiebra lozas. De una incompatibilidad de largas y escandalosas discusiones nocturnas. Durante sus frecuentes y rabiosas peleas, ellos se arrojaban tantos platos que pudimos hacer un mosaico gigante en el jardín con los pedazos de loza que quedaron. El año anterior a su inesperada boda, mi padre se fue, se mudó por unos meses a una habitación en una casa compartida a diez minutos de la nuestra. Ellos finalmente se separaron tres semanas antes de mis exámenes finales para terminar la secundaria. Tal como había dejado a su madre, parada en la verja de Hastings, así dejó la entrada victoriana de ladrillos de la casa que yo llamaba hogar para llevar una nueva vida. Mi madre y yo permanecimos en la casa, mientras él dormía en varios colchones solitarios en Oxford.
Fue un periodo horrible. Pero uno que está para siempre en su brazo. “Es gracioso que te lo diga a ti, pero esto fue parte de dejar a tu madre”, dice de la espiral en blanco y negro en su hombro. “Fue, de alguna manera, una explosión”. Él ya había conocido para entonces a su nueva esposa, Su, quien, como él, ama las espirales.
Su último y más reciente tatuaje es una banda semi azteca gigante alrededor de la pantorrilla que se autoregaló para su quincuagésimo cumpleaños. Él tiene nuevas hijas ahora, pequeñas y rubias, que ocasionalmente colorean ese enredo de líneas aserradas en su pierna. Pero mis días de dibujar sobre la piel de mi padre con plumones están bien y verdaderamente lejos. Las vacaciones de verano que pasé pintando su espalda se fueron hace tiempo. Él ya no es más mi lienzo para pintar, sino mi tema. Porque, aunque mi padre y yo hemos vuelto a contactarnos, años de silencio, desilusión, desapego, desconfianza y distancia han dañado, quizás para siempre, la relación juguetona y come-panqueques que alguna vez tuvimos.
Aun así, cuando miro en el espejo mis piernas trotamundos, mis clavículas prominentes, mis bíceps inflamados y mis pies planos, endurecidos por el maicillo, estoy mirando el cuerpo de mi padre. Puedo verlo ahí, en mi propia estructura. Mientras él se sumerge en un edad madura de oficina, yo me encamino a un futuro dibujado con los trazos de Bill.
Mi pasaporte neozelandés renovado, mi pasaje reservado. Me dirijo a la patria de mi padre para pedalear por un país extraño, lleno de gente con quien comparto el apellido y esta nariz curiosa. Estoy regresando al lugar en que una abuela a quien jamás conocí despidió con la mano al chico que se transformaría luego en el hombre que llegaría a ser mi padre.
Le estoy llevando el testimonio de esta posta.
Me voy a vivir una aventura. Y sé que eso lo enorgullece muchísimo.
¡Qué diablos! En una de esas quizás yo también consiga una mariposa.
*El artículo original lo encuentra aquí


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