jueves, 16 de enero de 2014

Cómodo en su propia piel

El texto a continuación corresponde a la traducción del artículo "In defense of paying for a dominatrix" de Margaret Corvid publicado por el periódico británico The Guardian el miércoles 15 de enero.

Detalle del afiche para el film Venus a la Fourrure de Polanski

En defensa de los servicios  de una dominatrix

El sexo es una necesidad humana básica y el sexo no convencional* es mi especialidad. Realizarlo como un trabajo no es miserable, sino necesario, placentero y bello.

Como dominatrix profesional, a menudo soy empapada por dos mangueras de la inventiva moral. Un chorro viene de algunos amantes del sexo no convencional, que dicen que nuestra práctica es un arte que debe ser realizado por amor, no por dinero; me embisten, por el otro lado, moralistas argumentando que el sexo y los fetiches son insignificantes y vulgares. Siento que es el momento de hablar sobre la necesidad de mi trabajo, sobre su gozo y su belleza. El sexo es una necesidad humana, y el sexo no convencional puede ser una parte significativa del repertorio sexual. 
Nosotros, los trabajadores sexuales, transformamos lo erótico en una forma de arte poderosa y humana.

No todos los trabajadores sexuales escogen su labor. Soy afortunada al haber decidido, libre y orgullosamente, dedicarme al sexo no convencional. Muchos trabajadores sexuales, particularmente quienes se desempeñan como acompañantes (scorts), son miserables esclavos y debemos pelear incansablemente por su libertad. Sin embargo, creo que la posibilidad de contratar legalmente un encuentro con un trabajador sexual independiente y ético es una manera segura y esencial de ayudar a muchas personas a cumplir con sus obligaciones y lidiar con una vida sin sexo. 

Algunos clientes me han contado historias que no por ser comunes son menos tristes. “S” vive con su mujer, de quien está separado en la práctica, para así poder mantener una granja en Sommerset para sus hijos. “M”, en tanto, debe contratar un servicio de cuidados especiales para dejar su anciana madre cada vez que viene a verme, lo que sucede una vez al mes. Cada uno de mis clientes tiene derecho a la vida privada, a elegir y actuar por sí mismos. Y no todos mis clientes son adúlteros. Hay parejas en matrimonios abiertos que prefieren la distancia emocional que yo, una trabajadora sexual, les ofrezco a arriesgarse a potenciales complicaciones en una relación paralela. 

Una persona soltera y muy ocupada puede preferir la simplicidad de un encuentro profesional. Pero hay, además, otro tipo de personas sin compromiso que me visitan. Son algunos de los muchos perdedores del juego de relaciones árido y todo-o-nada que ofrece el capitalismo. Quizás ellos son demasiado aburridos, o muy gordos, o simplemente demasiado tímidos como para encontrar citas fácilmente. Tener un fetiche y más encima acompañarlo de una carga de vergüenza moral sólo hace sus vidas más duras. 
Yo puedo ser una salida para personas como ellos. 
Si una persona así viene a jugar conmigo, yo no la avergonzaré por sus fetiches o la rechazaré por su cuerpo. Encantada le mostraré cómo su fetiche  personal– el que sea, desde la libertad que ofrece el ser voluntariamente maniatado con firmeza, hasta la éxtasis de ser transformado en una mujer hermosa – puede convertirse en una experiencia placentera e intensa, digna de ser atesorada, en vez de una fuente de vergüenza. Verdaderamente disfruto las reacciones de aquellos a quienes domino, y cuando juego con un cliente nervioso o tímido, me aseguro de compartir mi genuino placer en nuestra conexión. 
Durante nuestras pocas horas juntos, lo hago sentir cómodo en su propia piel.

Muchas de las prácticas sadomasoquistas ganan en riqueza y profundidad cuando dos personas juegan en un esquema estable y la mayor parte de mi trabajo es, precisamente, con clientes regulares. La profundidad y conexión que se generan en nuestros montajes pueden derivar en una amistad más amplia. Con ellos, la combinación única de distancia y confianza implicadas en mi rol me permiten compartir algunas confesiones domésticas, y apoyarlos a la hora de solucionar un conflictos que van desde casos de mal aliento a cuadros de ansiedad social no tratada.

Estoy absolutamente orgullosa de los clientes a quienes saqué del aislamiento y la vergüenza y que están ahora completamente inmersos en las comunidades locales de sexo no convencional. En este punto, ellos a veces se “gradúan” de  clientes y me siento dichosa al verlos del brazo – o sobre las piernas – en nueva compañía. Quizás, con cada “graduado”, yo estoy haciendo posible un mundo donde el sexo no convencional será aceptado y, felizmente, mi trabajo quedará obsoleto.

Puede encontrar el artículo original aquí
*El sexo no convencional (en inglés kink) incluye prácticas tales como el sadomasoquismo, la sumisión, el fetichismo, y algunos tipos de parafilia, entre otros.

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