El texto a continuación es una traducción del artículo "It's the year of the bush – time to rediscover all female body hair" de Emer O'Toole, publicado por el periódico británico The Guardian el domingo 19 de enero. Puede ver el original aquí
El Año de la Champa, el momento para redescubrir todo el vello corporal.
Cameron Díaz lidera un movimiento en rechazo a la vergüenza impuesta por la industria de la depilación a las partes íntimas de la mujeres. Ahora es tiempo de axilas y piernas.
Durante su noche de bodas, el crítico John Ruskin se desmayó al comprobar que, a diferencias de las estatuas elíseas de sus fantasías, las mujeres tenían vello corporal* . Este lunes, cuando se cumplen 114 años de la muerte de Ruskin, cabe preguntarse quién hubiese augurado que, en vez de reír ante la pacatería victoriana, muchos hombres continúan esperando que sus encuentros sexuales involucren curvas y oquedades femeninas tan marmoladamente suaves como las de la imaginación del joven Ruskin.
Pero soplan vientos de cambio, se percibe una vuelta en la tortilla. Sí, señores, hay pelos en la sopa. Aunque no soy astróloga, creo que 2014 podría ser El Año de la Champa.
Una Cameron Díaz usualmente reservada proclamó recientemente que el vello púbico está allí por una razón y que quitarlo es equivalente a decir “no necesito mi nariz. Esto resulta bastante extraño ya que sólo un año atrás Díaz contaba graciosamente al presentador y entrevistador Graham Norton sobre la vez que llevó a la rastra a una amiga sin depilar hasta la ducha para rasurarla (espero que la nariz de esa pobre mujer esté intacta).
Mientras Díaz hace públicas su nueva y peluda consigna, la marca de ropa America Apparel llenó sus vitrinas en Nueva York con maniquís en ropa interior luciendo pelucas púbicas. Una vocera de la compañía explicó que están tratando de propiciar la discusión en torno a los tipos de femineidad que se consideran hermosos y sensuales. A estos eventos mediáticos se suma una encuesta de UK Medix que arrojó que el 50% de las mujeres del Reino Unido no se depilan el pubis en lo absoluto. Debemos reconocer entonces que 2014 se ve abundante y florido para quienes aman los jardines de las damas.
Antes de celebrar los frutos sin encerar de esta mata de pelos, sin embargo, habría que preguntarse ¿qué hay detrás de la última década de cera depilatoria en la Cultura Occidental?
Muchos se apresuran en culpar al porno y es indudable que el porno juega un papel en esta historia, pero conozco muchas mujeres que no necesitan borrar historiales comprometedores de internet y que aun así despelucan sus derrieres (por supuesto, esto no excluye la presión de sus parejas). Si aplicamos la vieja técnica periodística de seguir al bandido, surge otra interrogante: ¿qué gana la industria del porno con la transformación de pololas comunes y corrientes en relucientes y peladas pololas como las de los filmes? No mucho, la verdad. Es la industria de la “belleza”, la industria cosmética, la que más gana y la que incentiva esta tendencia.
Antes de la Primera Guerra Mundial, prácticamente ninguna mujer estadounidense se rasuraba las piernas; sin embargo, para 1964, el 98% de las mujeres menores de 44 lo hacían. Antes de la Gran Guerra, el vello axilar no era una preocupación cosmética. La moda de ese entonces, aunque era ajustada y delineaba las formas, cubría la mayor parte de la piel de las mujeres. Pero con el tiempo la moda femenina se volvió ostensiblemente más libre, y la primera afeitadora Gillette para mujeres apareció en 1915, gatillando agresivas campañas publicitarias de parte de más de una docena de compañías cosméticas.
El vello corporal femenino se volvió, repentinamente, un rasgo antiestético.
El instinto capitalista que nos convence de que el vello corporal es antinatural y antihigiénico ha tenido un éxito alarmante. La industria de la depilación mueve millones e incontables mujeres se avergüenzan y aprobleman por el vello que aparece tras la pubertad. Pero la industria es ambiciosa. Ahora debe convencer al mundo del que el vello corporal femenino es, además, sucio. Y debe también convencernos de que el vello corporal masculino es igualmente inaceptable.
¿Por qué entonces, si las mujeres fuimos tan fácilmente embaucadas durante el siglo XX, parecemos ahora más astutas y dispuestas a rechazar la vergüenza que ha recaído en nuestras velludas partes íntimas? Creo que una de las respuestas es que las partes íntimas son usualmente bastante íntimas y que – con algunas excepciones – nuestras parejas tienden amarnos tal como somos, de un modo en que la sociedad en general no lo hace. Una segunda respuesta es la incomodidad y la invasión que implican la depilación púbica con cera. Tuve mi primera (y última) de estas depilaciones en agosto pasado como parte de la investigación para el libro que estoy escribiendo, y aún me cuesta creer lo doloroso que es. O el sarpullido y la picazón que surgen una vez que el vello empieza a crecer otra vez.
Es mucho. Es demasiado.
Nos molesta la presión y nos molesta que nos hagan sentir avergonzadas.
La comediante Kate Smurthwaite cuenta en sus rutinas una anécdota curiosa: estaba en las duchas, después de una jornada de piscina, cuando dos niñas entraron corriendo a los camarines, apuntaron a sus partes felpudas, se largaron a reír y arrancaron. Kate, de una generación cómoda con la normalidad de las champas púbicas, se encogió de hombros y se dijo “Ellas pronto tendrán lo mismo”; pero pensó luego que las chicas no solo tendrían vello púbico, sino también vello en piernas y axilas. Así fue que Kate dejó de rasurarse.
La manía de la depilación púbica completa (o Hollywoodense) tuvo para mí un efecto similar. ¿Cómo podía alegar que mi vello púbico era femenino y aceptable si me avergonzaba del vello en mis piernas o en mis axilas? Me di cuenta de que yo era igual que Ruskin: incapaz de lidiar con la realidad del cuerpo femenino, me sentía intranquila respecto a mi propia madurez sexual.
Así que, tal como otros lo están haciendo en este año, El Año de la Mata, decidí que era tiempo de parar con los desmayos y despertar.
*Ruskin conoció en 1859 en una escuela infantil de Wington a la que sería más tarde su esposa, Rose La Tounche, de 10 años de edad. Según K. Clark en 'Ruskin Today' , Ruskin tenía: "...una noción infantil de la feminidad, mitad gatito, mitad reina de las hadas, y cuando la confrontaba con la realidad retrocedía horrorizado" ("... a boyish notion of feminity, half kitten, half fairy queen, and when confronted with the real thing, he shrank back in horror").
Nota de la T: Escogí el vocablo "champa", del español coloquial de Chile, porque me pareció el más apropiado al contexto. Otras posibilidades eran "mata" y "arbusto", pero la primera se utiliza en estas latitudes más para designar a la cabellera y la segunda jamás la he oído en contextos que involucren vello púbico.

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