jueves, 6 de marzo de 2014

The Act of Watching


La chica arranca. Arbustos espinosos rasgan su ropa y hieren sus piernas. Jadea, llora, vienen a la mente imágenes de los cuerpos cercenados en la casa siniestra. Voltea sin detenerse  y ve a unos metros al tipo enorme y enmascarado que la sigue machete en mano. Tropieza con una piedra y cae, sabe que será descuartizada al igual que sus amigos, está perdida…
- No te preocupes , hija , el camarógrafo la puede ayudar -
Mi viejo. Siempre mi viejo

Desde niña me fascinaron las películas de terror y esa era la frase con que mi viejo me recordaba, usualmente en la parte más álgida y escalofriante, que se trataba de un artificio. Las primeras veces, a los siete u ocho años cuando me atrapaban las tramas con duendes y trolls, su interrupción era un alivio. Luego, ya púber, cuando yo deambulaba por guiones con payasos sicóticos o maníacos fugados del sanatorio, la frasecita de mi viejo me cabreaba. No fue sino hasta los dieciséis  que su  advertencia comenzó a transformarse en mi vocación: habitar los artificios – las películas, los libros, las pinturas, las óperas, los edificios, la cultura entera –  consciente de que alguien los hizo, que son un andamio. 
Porque el camarógrafo está ahí,  aunque no lo veamos.

Hace unos días comencé a ver el documental The Act of Killing de Joshua Oppenheimmer. Digo comencé porque me tardé cuatro días en terminarlo y no porque el docu sea demasiado largo (casi dos horas), si no porque el terror me invadía cada tanto y la frase mágica de mi viejo no surtía efecto. Porque hay veces en que el horror rebasa al horror, lo hace pan y agua, respirable, banal, deja de ser horroroso artificio y se torna la vida misma. 

Pero vamos con Oppenheimer. Este director y sus colaboradores decidieron realizar un documental sobre lo sucedido en los sesenta en Indonesia. Por si usted no tiene idea lo que pasó allí, le hago el resumen: el país enfrentó en 1965 un golpe de estado y una revuelta política que dejó como resultado un millón de muertos (sí, un millón), ejecutados o bien torturados hasta la muerte por ser comunistas y/o chinos. Desde entonces, ser comunista o chino en Indonesia equivale a ser hombre muerto caminando. También a partir de ese año  se instauró – o más bien se continuó y oficializó – un peculiar sistema de cooperación entre el gobierno oficial y pandillas de gangsters que fueron contratados por las autoridades para mantener a la disidencia a raya. Con el tiempo, algunas pandillas de gangsters formaron grupos paramilitares que gozan hoy de mucho prestigio - al punto que el vicepresidente de Indonesia es líder de uno de estos grupos - y a cambio de la “peguita de limpieza” paramilitares y gangsters tienen algunas regalías y derecho a hacer lo que se les antoje en sus territorios. 

Bien. Oppenheimer quería documentar esto. O parte de esto. El muchacho no tenía intenciones de hacer una recreación histórica de los hechos mediante el típico docu  cargado de imágenes de archivo y de expertos discurseando en difícil sobre la coyuntura política, la cacha de la espada y la pata de la guagua. El equipo de Oppenheimer quería ir un poco más allá (o más adentro), así que contactaron a uno de los gangsters de los sesentas y le propusieron hacer una película recreando lo que él vivió en ese período: una película que saliera íntegramente de su cabeza, tanto en forma, como en fondo, la visión de un torturador sobre sus actos.

Así el docu de Oppenheimer es una suerte de making off de la película que Anwar Congo, probablemente uno de los más sanguinarios gangsters de Indonesia, accedió a realizar. Oppenheimer y su equipo son los camarógrafos que siguen a otros camarógrafos, aquellos que filman la película de Anwar sobre su época dorada como verdugo.




Lo que vemos en el docu es que la obra de Anwar Congo es una mezcla extraña de películas de gangsters, musicales y westerns en que actores aficionados vestidos a lo Corleone o a lo John Wayne interpretan los roles de torturadores. Los actores son Congo y otros gangsters. Con el avance de la película surgen, entre las  brutales escenas de masacres y torturas. una suerte de interludios onírico musicales - todos ideados por Congo - en que uno de los actores miembro de un grupo paramilitar, un tipo enorme, se viste con túnicas de raso y tul para interpretar a una musa que canta y baila junto a un ballet de  jovencitas indonesias en hermosísimos parajes naturales. 
En una escena vemos a un tipo de terno y corbata reventar piernas de un disidente, en la siguiente el mismo tipo aparece con vestido calypso cantando "Born free". Créame, John Waters es un niño de pecho al lado de Anwar Congo. 

Pero hay más y en ese "más" está el horror.

El docu de Oppenheimer  registra también las conversaciones de Anwar con otros gangsters, viejos y jóvenes, mientras realizan su peli. Para armar las escenas lo mejor posible, los tipos discuten sobre el rol de la violencia en Indonesia lo que se traduce en amenas charlas acompañadas de cerveza en las que detallan los procedimientos de estrangulamiento con alambre, la sensación de incendiar aldeas o violar a niñas, la mejor manera de quebrar piernas, cortar cabezas, arrastrar cadáveres y cobrar “peajes”. 


A pesar de lo impresionante que resulta la naturalidad con que los gangsters charlan sobre sus abusos, lo que de verdad descoloca son sus reflexiones filosóficas, por ejemplo, aquellas en torno a etimología de la palabra "gangster" '(hombre libre, según ellos) o sobre las diferencias entre crueldad y sadismo...ver a dos tipos que han reventado tendones, cortado cabezas y violado hombres y mujeres cientos de veces, discutiendo acaloradamente sobre los matices entre 'ser cruel' y 'ser sádico' raya en lo esquizofrénico. 

Aunque parezca un contrasentido, en el docu se deja ver que estas  conversaciones de tono moral son abundantes entre los gansgters y paramilitares indonesios. Ellos se sienten con el deber de proteger el orden e inculcar la obediencia irrestricta, particularmente a sus familias
De muestra un botón: en una escena clave del docu vemos a Anwar junto sus nietos alimentar a unos patitos en el jardín de su casa. Uno de los niños quebró la patita a uno de los animalitos (sin intención) y ahora el pobre patito cojea. Mientras los alimentan, Anwar le ordena a su nieto que le pida disculpas al patito por haberlo lastimado. El niño obedece en una voz apenas audible. Anwar le ordena que vuelva a pedir disculpas, esta vez con voz fuerte y clara. El niño se disculpa con el pato. Finalmente Anwar le pide que acaricie al pato como una manera de subsanar el daño y dejar las cosas en paz. 
Sí, Anwar Congo, el mismo que torturó y estranguló a cerca de mil personas y que se ufana de haberlo hecho, educa a su nieto pidiéndole que se disculpe con el pato por el daño que ha causado.  

En este punto del docu uno quisiera echar mano de algún consuelo, ya sea  estético o ético...o por último tirarse a un pozo. 
Uno querría pensar que estos tipos son actores interpretando una ficción sociópata como la de La Masacre en Texas. O tal vez creer que Anwar y sus colaboradores  son individuos aislados del mundo, asesinos sanguinarios que obedecen a un llamado muy superior, sea conquistar el mundo en enombre de Furher o la sed de mal del patecabra. 
Pero no. Estos hombres tienen trabajos pagados por el gobierno, algunos de ellos cumplen horarios, todos tienen casa, van al mall y al supermercado con sus familias, cenan e intiman con sus esposas, juegan con sus  hij@s y niet@s. 
Estos tipos son ciudadanos de a pie en Indonesia.
Son hombres aterradoramente normales (saludos, señora Arendt). 

Estos tipos caminan cada día por las veredas de los barrios del mundo con toda naturalidad para ir a comprar el pan y luego van a cumplir su pega cortando cabezas. Y aquí es donde la frase de mi viejo dejó de surtir efecto para mí, porque con o sin camarógrafo la angustia es la misma. 
La película kitsch y delirante de Anwar Congo es tan horrorosa como el más real de los recuentos históricos.
O incluso peor. 

Podría darle quinientas razones más para ver The Act of Killing y si gusta nos tomamos un café y se las resumo en persona (hasta con pizarra), pero mi sugerencia es que vaya y lo vea, consiga, o baje (entiendo que Oppenheimer autorizó su descarga gratuita en algunos países). Creo que usted podrá descubrir sus propias razones para ver este documental, unas que quizás empalmen con las mías y mi necesidad de un camarógrafo.



  

martes, 21 de enero de 2014

El Año de la Champa

El texto a continuación es una traducción del artículo "It's the year of the bush – time to rediscover all female body hair" de Emer O'Toole, publicado por el periódico británico The Guardian el domingo 19 de enero. Puede ver el original aquí

El Año de la Champa, el momento para redescubrir todo el vello corporal.
Cameron Díaz lidera un movimiento en rechazo a la vergüenza impuesta por la industria de la depilación a las partes íntimas de la mujeres. Ahora es tiempo de axilas y piernas. 




Durante su noche de bodas, el crítico John Ruskin se desmayó al comprobar que, a diferencias de las estatuas elíseas de sus fantasías, las mujeres tenían vello corporal* . Este lunes, cuando se cumplen 114 años de la muerte de Ruskin, cabe preguntarse quién hubiese augurado que, en vez de reír ante la pacatería victoriana, muchos hombres continúan esperando que sus encuentros sexuales involucren curvas y oquedades femeninas tan marmoladamente suaves como las de la imaginación del joven Ruskin.

Pero soplan vientos de cambio, se percibe una vuelta en la tortilla. Sí, señores, hay pelos en la sopa. Aunque no soy astróloga, creo que 2014 podría ser El Año de la Champa.

Una Cameron Díaz usualmente reservada proclamó recientemente que el vello púbico está allí por una razón y que quitarlo es equivalente a decir “no necesito mi nariz. Esto resulta bastante extraño ya que sólo un año atrás Díaz contaba graciosamente al presentador y entrevistador Graham Norton sobre la vez que llevó a la rastra a una amiga sin depilar hasta la ducha para rasurarla (espero que la nariz de esa pobre mujer esté intacta).

Mientras Díaz hace públicas su nueva y peluda consigna, la marca de ropa America Apparel llenó sus vitrinas en Nueva York con maniquís en ropa interior luciendo pelucas púbicas. Una vocera de la compañía explicó que están tratando de propiciar la discusión en torno a los tipos de femineidad que se consideran hermosos y sensuales. A estos eventos mediáticos se suma una encuesta de UK Medix que arrojó que el 50% de las mujeres del Reino Unido no se depilan el pubis en lo absoluto. Debemos reconocer entonces que 2014 se ve abundante y florido para quienes aman los jardines de las damas. 

Antes de celebrar  los frutos sin encerar de esta mata de pelos, sin embargo, habría que preguntarse ¿qué hay detrás de la última década de cera depilatoria en la Cultura Occidental?

Muchos se apresuran en culpar al porno y es indudable que el porno juega un papel en esta historia, pero conozco muchas mujeres que no necesitan borrar historiales comprometedores de internet y que aun así despelucan sus derrieres (por supuesto, esto no excluye la presión de sus parejas). Si aplicamos la vieja técnica periodística de seguir al bandido, surge otra interrogante: ¿qué gana la industria del porno con la transformación de pololas comunes y corrientes en  relucientes y peladas pololas como las de los filmes? No mucho, la verdad. Es la industria de la “belleza”, la industria cosmética, la que más gana y la que incentiva esta tendencia.

Antes de la Primera Guerra Mundial, prácticamente ninguna mujer estadounidense se rasuraba las piernas; sin embargo, para 1964, el 98%  de las mujeres menores de 44 lo hacían. Antes de la Gran Guerra, el vello axilar no era una preocupación cosmética. La moda de ese entonces, aunque era ajustada y delineaba las formas, cubría la mayor parte de la piel de las mujeres. Pero con el tiempo la moda femenina se volvió ostensiblemente más libre, y la primera afeitadora Gillette para mujeres apareció en 1915, gatillando agresivas campañas publicitarias de parte de más de una docena de compañías cosméticas. 
El vello  corporal femenino se volvió, repentinamente, un rasgo antiestético.

El instinto capitalista que nos convence de que el vello corporal es antinatural y antihigiénico ha tenido un éxito alarmante. La industria de la depilación mueve millones e incontables mujeres se avergüenzan y aprobleman por el vello que aparece tras la pubertad. Pero la industria es ambiciosa. Ahora debe convencer al mundo del que el vello corporal femenino es, además, sucio. Y debe también convencernos de que el vello corporal masculino es igualmente inaceptable.

¿Por qué entonces, si las mujeres fuimos tan fácilmente embaucadas durante el siglo XX, parecemos ahora más astutas y dispuestas a rechazar la vergüenza que ha recaído en  nuestras velludas partes íntimas? Creo que una de las respuestas es que las partes íntimas son usualmente bastante íntimas y que – con algunas excepciones – nuestras parejas tienden amarnos tal como somos, de un modo en que la sociedad en general no lo hace. Una segunda respuesta es la incomodidad y la invasión que implican la depilación púbica con cera. Tuve mi primera (y última) de estas depilaciones en agosto pasado como parte de la investigación para el libro que estoy escribiendo, y aún me cuesta creer lo doloroso que es. O el sarpullido y la picazón que surgen una vez que el vello empieza a crecer otra vez. 
Es mucho. Es demasiado. 
Nos molesta la presión y nos molesta que nos hagan sentir avergonzadas. 

La comediante Kate Smurthwaite cuenta en sus rutinas una anécdota curiosa: estaba en las duchas, después de una jornada de piscina, cuando dos niñas entraron corriendo a los camarines, apuntaron a sus partes felpudas, se largaron a reír y arrancaron. Kate, de una generación cómoda con la normalidad de las champas púbicas, se encogió de hombros y se dijo “Ellas pronto tendrán lo mismo”; pero pensó luego que las chicas no solo tendrían vello púbico, sino también vello en piernas y axilas. Así fue que Kate dejó de rasurarse.

La manía de la depilación púbica completa (o Hollywoodense) tuvo para mí un efecto similar. ¿Cómo podía alegar que mi vello púbico era femenino y aceptable si me avergonzaba del vello en mis piernas o en mis axilas? Me di cuenta de que yo era igual que Ruskin: incapaz de lidiar con la realidad del cuerpo femenino, me sentía intranquila respecto a mi propia madurez sexual. 
Así que, tal como otros lo están haciendo en este año, El Año de la Mata, decidí que era tiempo de parar con los desmayos y despertar. 

*Ruskin conoció en  1859 en una escuela infantil de Wington a la que sería más tarde su esposa, Rose La Tounche, de 10 años de edad.  Según K. Clark en 'Ruskin Today' , Ruskin tenía: "...una noción infantil de la feminidad, mitad gatito, mitad reina de las hadas, y cuando la confrontaba con la realidad retrocedía horrorizado" ("... a boyish notion of feminity, half kitten, half fairy queen, and when confronted with the real thing, he shrank back in horror").


Nota de la T: Escogí el vocablo "champa", del español coloquial de Chile, porque me pareció el más apropiado al contexto. Otras posibilidades eran "mata" y "arbusto", pero la primera se utiliza en estas latitudes más para designar a la cabellera y la segunda  jamás la he oído en contextos que involucren vello púbico.

jueves, 16 de enero de 2014

Cómodo en su propia piel

El texto a continuación corresponde a la traducción del artículo "In defense of paying for a dominatrix" de Margaret Corvid publicado por el periódico británico The Guardian el miércoles 15 de enero.

Detalle del afiche para el film Venus a la Fourrure de Polanski

En defensa de los servicios  de una dominatrix

El sexo es una necesidad humana básica y el sexo no convencional* es mi especialidad. Realizarlo como un trabajo no es miserable, sino necesario, placentero y bello.

Como dominatrix profesional, a menudo soy empapada por dos mangueras de la inventiva moral. Un chorro viene de algunos amantes del sexo no convencional, que dicen que nuestra práctica es un arte que debe ser realizado por amor, no por dinero; me embisten, por el otro lado, moralistas argumentando que el sexo y los fetiches son insignificantes y vulgares. Siento que es el momento de hablar sobre la necesidad de mi trabajo, sobre su gozo y su belleza. El sexo es una necesidad humana, y el sexo no convencional puede ser una parte significativa del repertorio sexual. 
Nosotros, los trabajadores sexuales, transformamos lo erótico en una forma de arte poderosa y humana.

No todos los trabajadores sexuales escogen su labor. Soy afortunada al haber decidido, libre y orgullosamente, dedicarme al sexo no convencional. Muchos trabajadores sexuales, particularmente quienes se desempeñan como acompañantes (scorts), son miserables esclavos y debemos pelear incansablemente por su libertad. Sin embargo, creo que la posibilidad de contratar legalmente un encuentro con un trabajador sexual independiente y ético es una manera segura y esencial de ayudar a muchas personas a cumplir con sus obligaciones y lidiar con una vida sin sexo. 

Algunos clientes me han contado historias que no por ser comunes son menos tristes. “S” vive con su mujer, de quien está separado en la práctica, para así poder mantener una granja en Sommerset para sus hijos. “M”, en tanto, debe contratar un servicio de cuidados especiales para dejar su anciana madre cada vez que viene a verme, lo que sucede una vez al mes. Cada uno de mis clientes tiene derecho a la vida privada, a elegir y actuar por sí mismos. Y no todos mis clientes son adúlteros. Hay parejas en matrimonios abiertos que prefieren la distancia emocional que yo, una trabajadora sexual, les ofrezco a arriesgarse a potenciales complicaciones en una relación paralela. 

Una persona soltera y muy ocupada puede preferir la simplicidad de un encuentro profesional. Pero hay, además, otro tipo de personas sin compromiso que me visitan. Son algunos de los muchos perdedores del juego de relaciones árido y todo-o-nada que ofrece el capitalismo. Quizás ellos son demasiado aburridos, o muy gordos, o simplemente demasiado tímidos como para encontrar citas fácilmente. Tener un fetiche y más encima acompañarlo de una carga de vergüenza moral sólo hace sus vidas más duras. 
Yo puedo ser una salida para personas como ellos. 
Si una persona así viene a jugar conmigo, yo no la avergonzaré por sus fetiches o la rechazaré por su cuerpo. Encantada le mostraré cómo su fetiche  personal– el que sea, desde la libertad que ofrece el ser voluntariamente maniatado con firmeza, hasta la éxtasis de ser transformado en una mujer hermosa – puede convertirse en una experiencia placentera e intensa, digna de ser atesorada, en vez de una fuente de vergüenza. Verdaderamente disfruto las reacciones de aquellos a quienes domino, y cuando juego con un cliente nervioso o tímido, me aseguro de compartir mi genuino placer en nuestra conexión. 
Durante nuestras pocas horas juntos, lo hago sentir cómodo en su propia piel.

Muchas de las prácticas sadomasoquistas ganan en riqueza y profundidad cuando dos personas juegan en un esquema estable y la mayor parte de mi trabajo es, precisamente, con clientes regulares. La profundidad y conexión que se generan en nuestros montajes pueden derivar en una amistad más amplia. Con ellos, la combinación única de distancia y confianza implicadas en mi rol me permiten compartir algunas confesiones domésticas, y apoyarlos a la hora de solucionar un conflictos que van desde casos de mal aliento a cuadros de ansiedad social no tratada.

Estoy absolutamente orgullosa de los clientes a quienes saqué del aislamiento y la vergüenza y que están ahora completamente inmersos en las comunidades locales de sexo no convencional. En este punto, ellos a veces se “gradúan” de  clientes y me siento dichosa al verlos del brazo – o sobre las piernas – en nueva compañía. Quizás, con cada “graduado”, yo estoy haciendo posible un mundo donde el sexo no convencional será aceptado y, felizmente, mi trabajo quedará obsoleto.

Puede encontrar el artículo original aquí
*El sexo no convencional (en inglés kink) incluye prácticas tales como el sadomasoquismo, la sumisión, el fetichismo, y algunos tipos de parafilia, entre otros.

miércoles, 15 de enero de 2014

El Mapa de mi Padre

El texto a continuación corresponde a la traducción del artículo "Dad's tattoos are a map of his life" publicado por el diario británico The Guardian el sábado 4 de enero de 2014.


Los tatuajes de mi padre como un mapa de su vida.

Una mariposa colorinche, una esclava seudo-celta, una espiral gigante: los tatuajes del padre de Nell Frizzell son un  entintado registro histórico de los viajes de su vida a través de continentes, relaciones, familias, matrimonios y muertes


Nell y Bill, su padre
A los 21 años, mi padre era tatuado en el tobillo por un viejo con una aguja sucia conectada a una batería de auto en la isla de Goa. A los 21, yo preguntaba a la casera del puesto de guatitas en el mercado de Leeds por el lugar más barato para comprar manteles.

Hay algunas diferencias superficiales entre nosotros, entre mi padre y yo. Solo cosas superficiales, ninguna cuestión de piel. Mientras mi cuerpo, rosado y pecoso, está en blanco y sin ninguna imagen, el de mi padre es un entintadísimo documento histórico. Es un archivo viviente, elástico. Puedo usar el mapa de los tatuajes de mi padre para navegar por continentes, relaciones, familias, viajes, matrimonios y muertes.

A propósito de viajes, después de 28 años en Blighty, he decidido, finalmente, renovar mi pasaporte neozelandés. Regreso a La Tierra de la Gran Nube Blanca para ver el país que mi padre dejó, para siempre, hace más de treinta años. Pero antes de partir, me embarqué en otro viaje, uno más emocional, un viaje alrededor de mi padre. Usando los puntos de su piel inyectada en tinta quería conocerlo nuevamente, unir los puntos de la historia de su vida para descubrir por qué había dejado ese hogar al que ahora yo regreso.

Mi padre se hizo su primer tatuaje, una mariposa, en Melbourne, después de varios meses de sudar la gota gorda construyendo vía férreas en las afueras de la ciudad. El hecho de que mi padre ayudara a construir las vías férreas forjó en mi la impresión de que él era más como uno de esos industriales victorianos de mirada salvaje, que un obrero de la construcción con piercings. 

Después de ahorrar suficiente dinero en Nueva Zelanda, mi padre partió a Melbourne: “Me registré en un hotel y en un día compré mi primera moto y me hice mi primer tatuaje". La Honda 750 era para “recorrer Australia y detenerme solo cuando yo quisiera”. El tatuaje lo escogió en el momento, en la tienda, después de que lo convenciera un extraño con el que charló en un bar de la carretera. “Recuerdo vagamente estar pasando las páginas del libro. No quería nada con palabras o símbolos. Quería algo clásico”. La mariposa, su único tatuaje en colores, es también mi favorito. Sus líneas tenues, ligeras, reflejan la suavidad y flacidez de un brazo que alguna vez me sostuvo firmemente en piscinas de fondo rocoso y me subió a los árboles. El tiempo ha borroneado la mariposa de aquel hombro que solía ser amplio y ahora parece casi esfumarse a la vista.

Fue poco después de ese viaje que el cáncer de mi abuela neozelandesa se incrustó en sus huesos volviéndose terminal. Mi padre, un mamón de talla mundial, decidió volver a casa para sorprenderla, pero también para despedirse. “Yo sabía que ella no me quería deambulando por ahí hasta que muriera, ella quería que continuara con mis pequeñas aventuras” dice él. “Así que la sorprendí. Ella pensaba que yo seguía en Australia y entré por la puerta trasera, en su cumpleaños. Estuvimos juntos una semana, quizás tres días, luego me fui”

Durante esa visita breve y dolorosa, él mantuvo sus mangas abajo e incluso cubrió las fotos que tenía en su álbum y que mostraban el tatuaje: “Pensé que era mejor no molestarla. A ella no le habría gustado. Recuerdo que se puso histérica cuando me perforé la oreja, en la escuela. Fui a casa porque sabía que era la última vez que la vería, así que no quería peleas” 
Así mi padre se alejó de esa casa, tal como se alejó de la casa de mi infancia y de mi madre veinte años después, sabiendo que jamás volvería a ver a sus ocupantes. Él se despidió de su madre para siempre, para perseguir al nuevo amor de su vida: los viajes.

Construyendo casetas telefónicas para una fábrica de Sydney, mi padre ganó dinero suficiente para seguir la senda hippie. Partió a Bali y desde allí abordó un tren a través de Indonesia, tomó un bote desde Yakarta a Singapur, y luego viajó en buses, trenes y a dedo por toda Tailandia. Se fue a Katmandú, conoció a otro hippie loco y manejó una van todo el camino a través de India hasta la isla de Goa. Lo que nos lleva a su segundo tatuaje. 

Como muchos otros trotamundos, mi padre pasó su tiempo en Goa a cargo de una hamburguesería. Sé lo que están pensando, ¿a quién se le ocurre instalar una hamburguesería en un país hinduista? Presumiblemente al mismo tipo de persona que se hace tatuar en el tobillo por un extraño, en medio de un mercado mugriento, con una aguja conectada a la batería de un auto y sin entender una palabra de su lengua. “Yo era un hippie en la ruta de los hippies en Goa, la tierra de la chifladura”, explica. “Esto fue antes del sida. Ni siquiera se pensaba en ello. El tipo tenía un libro, yo escogí esta cosa parecida a un sol, con otro dibujo en el medio. Ahora solo parece un sello postal en mi tobillo. Tú podías verlo porque yo iba por todos lados descalzo". El aún camina sin zapatos. Y el tatuaje luce como un timbre en un pasaporte. Pero de la experiencia de la hamburguesería mi padre aprendió a cortar y picar verduras – no empujando desde arriba, sino rebanándolas en ángulo – la que es probablemente la más útil, y quizás la única, destreza doméstica que me ha enseñado en la vida. Eso y como quitar ampollas de los pies utilizando una aguja. 

Hay un lapso de veinte años hasta su próximo tatuaje: durante ese período él conoció a mi madre, me tuvieron, se mudaron a Oxford, se empleó como encuestador, fue despedido, luego manejó taxis, y finalmente llegó a ser un constructor que anda, descalzo, en bicicleta.
Después de 25 años lejos de su tierra natal, mi padre finalmente emprendió un viaje de regreso a Nueva Zelanda. Conmigo, mi madre y hermana a la cola, él paró en el camino Posonby a Auckland para que mi primo Otis le tatuara una esclava seudo celta en el brazo. Yo miré todo el proceso y aún recuero la mueca de molestia que tenía mientras la aguja penetraba en la piel suave y sin marcar junto a su axila.

Mis padres eran increíblemente incompatibles. De una incompatibilidad quiebra lozas. De una incompatibilidad de largas y escandalosas discusiones nocturnas. Durante sus frecuentes y rabiosas peleas, ellos se arrojaban tantos platos que pudimos hacer un mosaico gigante en el jardín con los pedazos de loza que quedaron. El año anterior a su inesperada boda, mi padre se fue, se mudó por unos meses a una habitación en una casa compartida a diez minutos de la nuestra. Ellos finalmente se separaron tres semanas antes de mis exámenes finales para terminar la secundaria. Tal como había dejado a su madre, parada en la verja de Hastings, así dejó la entrada victoriana de ladrillos de la casa que yo llamaba hogar para llevar una nueva vida. Mi madre y yo permanecimos en la casa, mientras él dormía en varios colchones solitarios en Oxford.

Fue un periodo horrible. Pero uno que está para siempre en su brazo. “Es gracioso que te lo diga a ti, pero esto fue parte de dejar a tu madre”, dice de la espiral en blanco y negro en su hombro. “Fue, de alguna manera, una explosión”. Él ya había conocido para entonces a su nueva esposa, Su, quien, como él, ama las espirales. 

Su último  y más reciente tatuaje es una banda semi azteca gigante alrededor de la pantorrilla que se autoregaló para su quincuagésimo cumpleaños. Él tiene nuevas hijas ahora, pequeñas y rubias, que ocasionalmente colorean ese enredo de líneas aserradas en su pierna. Pero mis días de dibujar sobre la piel de mi padre con plumones están bien y verdaderamente lejos. Las vacaciones de verano que pasé pintando su espalda se fueron hace tiempo. Él ya no es más mi lienzo para pintar, sino mi tema. Porque, aunque mi padre y yo hemos vuelto a contactarnos, años de silencio, desilusión, desapego, desconfianza y distancia han dañado, quizás para siempre, la relación juguetona y come-panqueques que alguna vez tuvimos.

Aun así, cuando miro en el espejo mis piernas trotamundos, mis clavículas prominentes, mis bíceps inflamados y mis pies planos, endurecidos por el maicillo, estoy mirando el cuerpo de mi padre. Puedo verlo ahí, en mi propia estructura. Mientras él se sumerge en un edad madura de oficina, yo me encamino a un futuro dibujado con los trazos de  Bill.

Mi pasaporte neozelandés  renovado, mi pasaje reservado. Me dirijo a la patria de mi padre para pedalear por un país extraño, lleno de gente con quien comparto el apellido y esta nariz curiosa. Estoy regresando al lugar en que una abuela a quien jamás conocí despidió con la mano al chico que se transformaría luego en el hombre que llegaría a ser mi padre. 

Le estoy llevando el testimonio de esta posta. 
Me voy a vivir una aventura. Y sé que eso lo enorgullece muchísimo.
¡Qué diablos! En una de esas quizás yo también consiga una mariposa.

*El artículo original lo encuentra aquí

miércoles, 29 de mayo de 2013

"No son fantasmas las galerías de tu pelo" 
                                              Rolando Cárdenas