La chica arranca. Arbustos espinosos rasgan su ropa y hieren sus piernas. Jadea, llora, vienen a la mente imágenes de los cuerpos cercenados en la casa siniestra. Voltea sin detenerse y ve a unos metros al tipo enorme y enmascarado que la sigue machete en mano. Tropieza con una piedra y cae, sabe que será descuartizada al igual que sus amigos, está perdida…
- No te preocupes , hija , el camarógrafo la puede ayudar -
Mi viejo. Siempre mi viejo
Desde niña me fascinaron las películas de terror y esa era la frase con que mi viejo me recordaba, usualmente en la parte más álgida y escalofriante, que se trataba de un artificio. Las primeras veces, a los siete u ocho años cuando me atrapaban las tramas con duendes y trolls, su interrupción era un alivio. Luego, ya púber, cuando yo deambulaba por guiones con payasos sicóticos o maníacos fugados del sanatorio, la frasecita de mi viejo me cabreaba. No fue sino hasta los dieciséis que su advertencia comenzó a transformarse en mi vocación: habitar los artificios – las películas, los libros, las pinturas, las óperas, los edificios, la cultura entera – consciente de que alguien los hizo, que son un andamio.
Porque el camarógrafo está ahí, aunque no lo veamos.
Hace unos días comencé a ver el documental The Act of Killing de Joshua Oppenheimmer. Digo comencé porque me tardé cuatro días en terminarlo y no porque el docu sea demasiado largo (casi dos horas), si no porque el terror me invadía cada tanto y la frase mágica de mi viejo no surtía efecto. Porque hay veces en que el horror rebasa al horror, lo hace pan y agua, respirable, banal, deja de ser horroroso artificio y se torna la vida misma.
Pero vamos con Oppenheimer. Este director y sus colaboradores decidieron realizar un documental sobre lo sucedido en los sesenta en Indonesia. Por si usted no tiene idea lo que pasó allí, le hago el resumen: el país enfrentó en 1965 un golpe de estado y una revuelta política que dejó como resultado un millón de muertos (sí, un millón), ejecutados o bien torturados hasta la muerte por ser comunistas y/o chinos. Desde entonces, ser comunista o chino en Indonesia equivale a ser hombre muerto caminando. También a partir de ese año se instauró – o más bien se continuó y oficializó – un peculiar sistema de cooperación entre el gobierno oficial y pandillas de gangsters que fueron contratados por las autoridades para mantener a la disidencia a raya. Con el tiempo, algunas pandillas de gangsters formaron grupos paramilitares que gozan hoy de mucho prestigio - al punto que el vicepresidente de Indonesia es líder de uno de estos grupos - y a cambio de la “peguita de limpieza” paramilitares y gangsters tienen algunas regalías y derecho a hacer lo que se les antoje en sus territorios.
Bien. Oppenheimer quería documentar esto. O parte de esto. El muchacho no tenía intenciones de hacer una recreación histórica de los hechos mediante el típico docu cargado de imágenes de archivo y de expertos discurseando en difícil sobre la coyuntura política, la cacha de la espada y la pata de la guagua. El equipo de Oppenheimer quería ir un poco más allá (o más adentro), así que contactaron a uno de los gangsters de los sesentas y le propusieron hacer una película recreando lo que él vivió en ese período: una película que saliera íntegramente de su cabeza, tanto en forma, como en fondo, la visión de un torturador sobre sus actos.
Así el docu de Oppenheimer es una suerte de making off de la película que Anwar Congo, probablemente uno de los más sanguinarios gangsters de Indonesia, accedió a realizar. Oppenheimer y su equipo son los camarógrafos que siguen a otros camarógrafos, aquellos que filman la película de Anwar sobre su época dorada como verdugo.
Así el docu de Oppenheimer es una suerte de making off de la película que Anwar Congo, probablemente uno de los más sanguinarios gangsters de Indonesia, accedió a realizar. Oppenheimer y su equipo son los camarógrafos que siguen a otros camarógrafos, aquellos que filman la película de Anwar sobre su época dorada como verdugo.
Lo que vemos en el docu es que la obra de Anwar Congo es una mezcla extraña de películas de gangsters, musicales y westerns en que actores aficionados vestidos a lo Corleone o a lo John Wayne interpretan los roles de torturadores. Los actores son Congo y otros gangsters. Con el avance de la película surgen, entre las brutales escenas de masacres y torturas. una suerte de interludios onírico musicales - todos ideados por Congo - en que uno de los actores miembro de un grupo paramilitar, un tipo enorme, se viste con túnicas de raso y tul para interpretar a una musa que canta y baila junto a un ballet de jovencitas indonesias en hermosísimos parajes naturales.
En una escena vemos a un tipo de terno y corbata reventar piernas de un disidente, en la siguiente el mismo tipo aparece con vestido calypso cantando "Born free". Créame, John Waters es un niño de pecho al lado de Anwar Congo.
En una escena vemos a un tipo de terno y corbata reventar piernas de un disidente, en la siguiente el mismo tipo aparece con vestido calypso cantando "Born free". Créame, John Waters es un niño de pecho al lado de Anwar Congo.
Pero hay más y en ese "más" está el horror.
El docu de Oppenheimer registra también las conversaciones de Anwar con otros gangsters, viejos y jóvenes, mientras realizan su peli. Para armar las escenas lo mejor posible, los tipos discuten sobre el rol de la violencia en Indonesia lo que se traduce en amenas charlas acompañadas de cerveza en las que detallan los procedimientos de estrangulamiento con alambre, la sensación de incendiar aldeas o violar a niñas, la mejor manera de quebrar piernas, cortar cabezas, arrastrar cadáveres y cobrar “peajes”.
A pesar de lo impresionante que resulta la naturalidad con que los gangsters charlan sobre sus abusos, lo que de verdad descoloca son sus reflexiones filosóficas, por ejemplo, aquellas en torno a etimología de la palabra "gangster" '(hombre libre, según ellos) o sobre las diferencias entre crueldad y sadismo...ver a dos tipos que han reventado tendones, cortado cabezas y violado hombres y mujeres cientos de veces, discutiendo acaloradamente sobre los matices entre 'ser cruel' y 'ser sádico' raya en lo esquizofrénico.
Aunque parezca un contrasentido, en el docu se deja ver que estas conversaciones de tono moral son abundantes entre los gansgters y paramilitares indonesios. Ellos se sienten con el deber de proteger el orden e inculcar la obediencia irrestricta, particularmente a sus familias.
De muestra un botón: en una escena clave del docu vemos a Anwar junto sus nietos alimentar a unos patitos en el jardín de su casa. Uno de los niños quebró la patita a uno de los animalitos (sin intención) y ahora el pobre patito cojea. Mientras los alimentan, Anwar le ordena a su nieto que le pida disculpas al patito por haberlo lastimado. El niño obedece en una voz apenas audible. Anwar le ordena que vuelva a pedir disculpas, esta vez con voz fuerte y clara. El niño se disculpa con el pato. Finalmente Anwar le pide que acaricie al pato como una manera de subsanar el daño y dejar las cosas en paz.
Sí, Anwar Congo, el mismo que torturó y estranguló a cerca de mil personas y que se ufana de haberlo hecho, educa a su nieto pidiéndole que se disculpe con el pato por el daño que ha causado.
De muestra un botón: en una escena clave del docu vemos a Anwar junto sus nietos alimentar a unos patitos en el jardín de su casa. Uno de los niños quebró la patita a uno de los animalitos (sin intención) y ahora el pobre patito cojea. Mientras los alimentan, Anwar le ordena a su nieto que le pida disculpas al patito por haberlo lastimado. El niño obedece en una voz apenas audible. Anwar le ordena que vuelva a pedir disculpas, esta vez con voz fuerte y clara. El niño se disculpa con el pato. Finalmente Anwar le pide que acaricie al pato como una manera de subsanar el daño y dejar las cosas en paz.
Sí, Anwar Congo, el mismo que torturó y estranguló a cerca de mil personas y que se ufana de haberlo hecho, educa a su nieto pidiéndole que se disculpe con el pato por el daño que ha causado.
En este punto del docu uno quisiera echar mano de algún consuelo, ya sea estético o ético...o por último tirarse a un pozo.
Uno querría pensar que estos tipos son actores interpretando una ficción sociópata como la de La Masacre en Texas. O tal vez creer que Anwar y sus colaboradores son individuos aislados del mundo, asesinos sanguinarios que obedecen a un llamado muy superior, sea conquistar el mundo en enombre de Furher o la sed de mal del patecabra.
Pero no. Estos hombres tienen trabajos pagados por el gobierno, algunos de ellos cumplen horarios, todos tienen casa, van al mall y al supermercado con sus familias, cenan e intiman con sus esposas, juegan con sus hij@s y niet@s.
Estos tipos son ciudadanos de a pie en Indonesia.
Son hombres aterradoramente normales (saludos, señora Arendt).
Uno querría pensar que estos tipos son actores interpretando una ficción sociópata como la de La Masacre en Texas. O tal vez creer que Anwar y sus colaboradores son individuos aislados del mundo, asesinos sanguinarios que obedecen a un llamado muy superior, sea conquistar el mundo en enombre de Furher o la sed de mal del patecabra.
Pero no. Estos hombres tienen trabajos pagados por el gobierno, algunos de ellos cumplen horarios, todos tienen casa, van al mall y al supermercado con sus familias, cenan e intiman con sus esposas, juegan con sus hij@s y niet@s.
Estos tipos son ciudadanos de a pie en Indonesia.
Son hombres aterradoramente normales (saludos, señora Arendt).
Estos tipos caminan cada día por las veredas de los barrios del mundo con toda naturalidad para ir a comprar el pan y luego van a cumplir su pega cortando cabezas. Y aquí es donde la frase de mi viejo dejó de surtir efecto para mí, porque con o sin camarógrafo la angustia es la misma.
La película kitsch y delirante de Anwar Congo es tan horrorosa como el más real de los recuentos históricos.
O incluso peor.
Podría darle quinientas razones más para ver The Act of Killing y si gusta nos tomamos un café y se las resumo en persona (hasta con pizarra), pero mi sugerencia es que vaya y lo vea, consiga, o baje (entiendo que Oppenheimer autorizó su descarga gratuita en algunos países). Creo que usted podrá descubrir sus propias razones para ver este documental, unas que quizás empalmen con las mías y mi necesidad de un camarógrafo.




